La veranada

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Cuando terminó la cabalgata por la cordillera de Los Andes, Eugenio me invitó a la veranada. Sin saber lo que podría pasar, le dije que sí.

Durante el verano, en Mendoza y en otras provincias del país, la gente del campo se traslada con sus animales a las zonas más altas de la precordillera, en busca de pastos nuevos. El objetivo es engordar a los animales –cabras, ovejas, chivos– para después venderlos. Una antigua tradición mapuche que aprovecha los ciclos de la naturaleza.

De diciembre a marzo, el papá de Eugenio, Don Moreno, vive en la cumbre de la montaña, en un ranchito de piedra sin puertas, sin baño ni electricidad. Solo, aislado, depende de lo que le llevan sus hijos: la comunidad más cercana es Las Loicas, a unas cuatro horas de cabalgata. Donde vive hay un arroyo, un potrero, mil chivos, algunos caballos y siete perros; sólo eso. Su única conexión con el mundo es una radio a pilas en la que escucha programas de Malargüe. Don Moreno tiene setenta y un años. Podría haber sido mi papá. ¿Quién elige cuándo nacemos? ¿Quién elige a nuestros padres?

veranada
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Estuve en el ranchito, con Eugenio y Don Moreno, tres días y dos noches. Habrán hecho unos cinco grados bajo cero. Neviscó y hubo viento. La primera noche, pensé que el plástico que hacía las veces de techo se volaría; el ruido al golpear con las piedras era muy fuerte. Eugenio me contó que grité: seguro tuve pesadillas. Dormí, al igual que ellos, en un colchón sobre el piso de tierra, bajo cuatro kilos de frazadas polvorientas y con pelos de caballo.

Hablamos. Ellos de la montaña y yo de Buenos Aires. La curiosidad era mutua. A mí me explotaba la cabeza que en la radio, de una a dos de la tarde, sólo pasaran mensajes para gente que trabaja en la veranada: “fulano le avisa a sultano que no podrá visitarlo por cuestiones climáticas”, “doña Rosa le pide al marido que baje al pueblo porque su hijo está internado”, “los nietos de don Pedraza le desean un muy feliz cumpleaños y que Dios lo bendiga”. Yo tan 3G, tan WhatsApp, y ellos se comunican por un programa de radio. Los Moreno no podían creer que yo, desde mi balcón en Buenos Aires, viera catorce edificios y más de cien ventanas, pero sólo conozca a cinco de mis vecinos. ¿Cómo será vivir en medio de la nada pero conocer a todos?

veranada moreno
veranada Moreno

Comimos fiambres, guiso y chivo. Cuando carnearon el chivo, los perros, hambrientos, comieron las tripas y la sangre. Esa tarde dormí la siesta con Lucero, un cachorro con la cabeza enorme y el cuerpo flaquito. Tenía el hocico y las patas llenos de sangre seca, pero igual lo abracé. Hacía frío. Mientras yo dormía, Eugenio y Don Moreno arriaban los animales. Tuve un sueño profundo, pero los escuché silbar a lo lejos. 

Don Moreno está acostumbrado. Hijo mayor de doce hermanos, trabaja desde chiquito. Antes lo hacía por el pan y por la ropa, ni siquiera le pagaban. Por eso me acostumbré a vivir así, no cualquiera se acostumbra—, me dijo una mañana mientras nos calentábamos los pies en el fuego. Lo admiro —le dije— y él me respondió: Yo la admiro a usted, que podría estar en otro lugar, pero viene de lejos para ver cómo vivimos y contar nuestra historia en sus pagos. Me sentí interpelada a escribir.

Mi mamá estuvo preocupada durante esos días. Su hija, sola, en algún punto de la cordillera –quién sabe dónde–, sin señal y con dos hombres que apenas conocía. La entiendo: yo también me hubiera preocupado. Pero pocas veces me trataron con tanto amor y con tanto respeto. De vez en cuando, me quedo sin palabras y tengo que recurrir a frases hechas: “la gente que menos tiene es la que más da”.

Gracias Moreno, aunque quizá nunca lean este post. Los quiero y los extraño ♥️

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  • Después de leer… No salen las palabras, pero el corazón brinca y la piel se enchina, las palabras se sienten! ❤️

  • Gracias por compartir todo esto. Me encanta leerte, porfi no dejes de escribir. Este post me emocionó.
    Sigo tu viaje desde el principio.
    Un beso Marina

  • Hermosa historia. Estuve hace varios años en una ruca parecida a más de 3000 metros sobre el nivel del mar, cerca de Maragua, Bolivia. Pasamos una noche junto a la mamá de mis hijas salvándonos de morir congelados. Nuestras anfitrionas, una mujer muy arrugada, de indefinible edad y una sonrisa casi sin dientes que sólo hablaba quechua y su nieta que simplemente no hablaba más que en el oído de su abuela, vestida de uniforme escolar, nuestra guía hasta el pueblo al día siguiente. Gracias por recordar para todxs lugares como ése. Abrazo @rodrigovaldesortiz