Volver

Señores pasajeros, hemos arribado al aeropuerto de Posadas. La temperatura actual es de treinta cinco grados centígrados. En nombre de la aerolínea, el Comandante y toda la tripulación esperamos que el vuelo haya sido de su agrado y tenerlos nuevamente a bordo. Muchas gracias.

Apenas el avión se detuvo, me levanté de la ansiosa butaca para ganar la puerta de salida, y al poner un pie en las escalinatas sufrí el pleno impacto de los treinta y cinco grados: tras una década en Buenos Aires, terminé por desacostumbrarme al húmedo calor misionero. Sin embargo, el aroma de la tierra colorada, las manos de mis padres que se alzaban en señal de saludo y una decena de rostros familiares, me hicieron sentir que yo no llegaba a Posadas sino que más bien volvía a casa. 

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La tierra colorada
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La costanera de Posadas

En el auto de mis padres, llegamos a la que era mi casa y fui a dejar mis cosas en el que fue mi cuarto: sobre mi cama una manta oscura, y en las paredes cuadros desconocidos; ningún rastro de mi cubrecama de color pastel ni de mi pizarra de corcho llena de fotos, mis osos de peluche no estaban en la repisa, y mis calcomanías habían abandonado el vidrio de la ventana. Extrañeza, silencio, quietud. Para preguntar qué había pasado con mis cosas fui a la cocina, donde mi papá comía quesos, salame y pan, y mi mamá preparaba arroz con leche. No importaba mi habitación: al menos, en la cocina, todo seguía igual que siempre. 

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La vista desde el balcón de mi casa
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Una abeja que se posó en la flor de mi mamá

Esa tarde, en el balcón de la casa de mis abuelos, la silla se mecía sola, y en el living encontré los floreros vacíos. No se escuchaba a los locutores del programa de radio de las seis, ni las voces de los ancianos que compartían en alemán historias de inmigrantes escapados de la guerra. Hablé sola, lloré. Mis abuelos no estaban, y yo ya no era nieta de nadie. Pero lo demás estaba intacto: el olor a naftalina en las sábanas, la bolsa de agua caliente al pie de la cama, la cajita musical en la mesa de luz, las fotos colgadas en las paredes; los tuppers de colores, el sillón de cuero y el tocadiscos, la antigua mesa de coser, la lata llena de agujas y botones… 

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La silla mecedora donde solía sentarse mi abuelo, vacía…
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Una foto de mi infancia que encontré en la casa de mis abuelos

Al día siguiente se me dio por agarrar el auto, poner música y conducir sin rumbo: di vueltas por la costanera, después por el Centro y por último avancé hacia las afueras de la ciudad. Posadas había crecido tanto que, para volver a casa, debí usar el GPS. “Localizando satélites, señal de GPS insuficiente”. Detenida al costado del camino, esperé que enganchara la señal. A lo lejos, un grupo de niños bajaba mangos de un árbol, dos vecinas en la vereda compartían un tereré y un hombre con el torso desnudo quemaba pastizales en plena calle. En fin, Posadas todavía conserva su alma de pueblo.

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Una tarde de sol en la costanera
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Unos tréboles con los que me topé en mi paseo

Visité La Placita, un mercado cubierto creado en la década del sesenta para albergar a quienes vendían en la calle productos traídos del Paraguay. Pero ahora los juguetes y la electrónica importados de China, la indumentaria y los accesorios de marcas falsificadas desplazaron a los yuyos, plantas medicinales, tejidos y productos típicos.  Sin embargo, por los pasillos, tuve un déjà vu: voces con acento guaraní repetían Señorita, ¿qué anda buscando?, ¿qué puede ser?, tenemos zapatillas Nike, chombas Lacoste, cargador de Iphone y yerba canchada, pregunte, señorita, pregunte…

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Unos niños guaraníes fotografiados por mi papá

Una tarde, mientras iba a unos saltos que solía visitar de chica, me entristecí al ver el amenazante desmonte de la selva misionera y el avance del asfaltado en varias rutas provinciales. De pronto, el viento norte sacudió los árboles, el cielo se cubrió de nubarrones y un fuerte ruido de gotas retumbaba en el suelo. Se me nubló la vista, se me escapó una lágrima: la lluvia misionera jamás dejará de ser intensa, violenta, salvaje. 

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Una parada de ómnibus en la Ruta Provincial 103
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La Cruz de Santa Ana
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El Salto Alegre, lugar al que solía ir de chica

Ahora está por caer la noche y me molestan los mosquitos. De chica, cuando iba de campamento con mi familia al interior de la provincia, no me picaban, pero ahora, sentada en el balcón de un edificio en pleno centro de Posadas, estoy llena de ronchas. Me pican brazos, espalda, panza, piernas y tobillos. Y sin embargo no puedo rascarme, maravillada porque el sol cae a mis espaldas y sus rayos se reflejan en el río Paraná mientras cantan las chicharras para confirmar que yo no llegué a la ciudad de Posadas, sino que más bien volví. 

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La puesta del sol

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