Land of Smiles

Hay costumbres de mi infancia que aún conservo: llorar frente al espejo, dibujar en vidrios empañados, adivinar nombres de extraños, cambiar la voz al atender el teléfono, hacer burbujas de jabón. Y una más frecuente: imaginar cuántas personas en un momento determinado hacen exactamente lo mismo en distintas partes del mundo: ¿cuántos trabajadores habrán renunciado a su empleo hace diez segundos? ¿cuantás mujeres darán a luz ahora mismo? ¿cuántos hombres abandonarán a su pareja en el próximo minuto?

Mientras esperaba en el aeropuerto de Bangkok imaginaba cuántas personas estarían, como yo, en una larga fila de Migraciones y por qué. Quizá jóvenes que llegaban a Alemania para estudiar, empresarios que arribaban a Japón para negociar contratos, y parejas que empezaban en Croacia su luna de miel. Un hombre inglés que apenas podía mantenerse en pie me trajo a la realidad: se quejaba a los gritos por la espera y pedía que lo dejaran pasar porque debía buscar a su novia, a esa ingrata a la que había visitado durante años y que ahora le había dicho que ya no lo vería porque había conocido a alguien mejor.

Un hombre que estaba con él le reprochaba que hubiese bebido demasiado y, para tranquilizarlo, le decía que esa mujer a la que él consideraba su novia en realidad nunca había sido tal cosa, porque ninguna novia cobra por su compañía. Y así, recién llegada a Tailandia, confirmé algo que había leído antes de viajar: las prostitutas tailandesas ofrecen a sus clientes sexo, pero además afecto y contención, y por eso algunos las visitan año tras año y se enamoran, al punto de esperar que ellas abandonen su oficio.

El inglés se volvió agresivo, pero tras la intervención de la policía se tranquilizó y se puso a llorar. Algunas personas cuchicheaban, otras observaban el espectáculo en silencio, y yo pensaba en la contradicción de verlo llorar en un aeropuerto repleto de carteles que dicen “Welcome to the Land of Smiles“. Fiel a mi costumbre, me pregunté cuántos hombres en ese instante llorarían por un amor no correspondido, hasta que otra vez el inglés me regresó a la realidad: entre lágrimas, le preguntaba a su amigo cuántas personas en el mundo estarían llorando por amor igual que él.

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