Cuenca, latina y anglosajona

Hace dos semanas llegué a Cuenca, una ciudad de unos trescientos cincuenta mil habitantes en la cordillera andina ecuatoriana. Tenía la idea de quedarme una semana pero al final no sé cuánto me voy a quedar, porque al llegar conseguí un voluntariado en un hostel, y un segundo trabajo como fotógrafa y editora de videos en un restobar.

Cuenca es distinta a como la imaginaba, si es que alguna vez la imaginé, al menos en su casco histórico, que es donde me hospedo y lo único que conocí hasta ahora. Las calles son de adoquines y las construcciones coloniales, y por todos lados hay bares y restaurantes que ofrecen desde comida típica hasta platos internacionales. Es todo muy limpio, muy ordenado, y hay bastantes policías y seguridad privada.

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Sin embargo, lo primero que me llamó la atención fue ver tantos gringos en la calle: solos, en pareja, con amigos, con perros… Me sorprendió tanto que apenas llegué al hostel pregunté por qué, y resulta que Cuenca se promociona a nivel mundial como uno de los mejores lugares para retirarse, por lo que gente de todo el mundo decide instalarse acá. La mayoría son jubilados de los Estados Unidos y Canadá, pero también hay jóvenes y de otros países, en especial de Europa.

Desde que llegué habré cruzado palabra con unos cincuenta gringos, pero sólo con cinco de ellos hablé en español.  Acá los extranjeros hablan inglés, quizá francés o alemán, pero por lo general no hablan español. Algunos viven en Cuenca desde hace años, y hasta tienen negocios acá, pero no saben decir más que hola, cómo estás, gracias y por favor. Pareciera que tampoco tienen interés en aprender, porque a sus empleados, al policía, al camarero, al almacenero, a la cholita, a todos le responden “thanks”. Es raro.

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(la señora estaba festejando Halloween)

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Los cuencanos son reservados como todos los serranos que conocí en mi viaje, pero al mismo tiempo tienen la chispa de la gente de ciudad. Arrastran la erre y hablan con un cantito parecido al de los jujeños. Comen con cuchara, aman a Cerati y a Soda Stéreo, y no pueden creer que en Argentina Vilma Palma haya pasado de moda. El otro día hubo un show de Vilma Palma en la plaza, y la gente saltó tanto que el suelo vibraba, así que pueden imaginarse.

En Cuenca hay mercados por todas partes. Yo voy al Mercado 10 de Agosto porque queda cerca del hostel y porque por el momento es el que más me gusta. Como buen mercado, se regatea desde la libra de mote hasta el plato de pernil, y casi todo viene con “yapa” aunque haya costado menos de la mitad. Un almuerzo, por ejemplo, vale un dólar cincuenta o dos, y un racimo de oritos (bananas chiquitas) menos de cincuenta centavos. Hay cholas de blusa, pollera y sombrero que hablan en quechua, y borrachos que me gritan “gringa” al verme pasar. Igualito a Cusco, qué nostalgia…

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El mercado tiene escaleras mecánicas

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El clima de Cuenca me vuelve loca: a la mañana está divino, al mediodía hace un calor galopante, por la tarde está fresquito y de noche me muero de frío. “En Cuenca tenemos las cuatro estaciones en un mismo día”, me dijo el otro día un chico en la terraza de un bar. Era de noche, de fondo se escuchaba una banda en vivo, y yo no podía dejar de temblar aunque tenía remera, dos buzos, una campera y un rompevientos. Justo le había contado que siete horas antes había estado tirada frente al río en musculosa y ojotas, y que hasta me había comprado un helado para combatir el calor. 

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Cuenca es considerada, junto con Quito, la capital cultural de Ecuador. Hay museos, teatros, galerías de arte, ferias gastronómicas, música en vivo. También hay murales y graffitis hasta en lugares insólitos. En estos días estoy tan obsesionada con los murales (y con los jugos de coco, y con los “sánduches” de pernil) que los busco por todos lados. Cuando encuentro los murales, los miro por un buen rato y me pregunto qué querrán decir, si los habrá pintado un viajero o alguien de acá, por qué eligió ese lugar y no cualquier otro. Los hay grandes y chicos, más o menos coloridos, lindos y no tanto, pero en todos hay poesía, y una sana y reconfortante rebeldía. 

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En Cuenca, además, hay una panadería que hace medialunas como las de Buenos Aires, una librería que sólo tiene libros en inglés, negocios de antigüedades súper cool, restaurantes de comida india, semáforos para ciegos. También hay:

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Máquinas expendedoras de juguetes y chicles

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Bares pet friendly

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Puestos que venden chuzos

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Un árbol en una escalera de cemento

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Un solmáforo que indica la radiación ultravioleta

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Una persona que posa para la foto mientras fuma weed en una manzana 😉

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