Aventura a Choquequirao (I)

Preparaba la cena en un hostel de La Paz cuando Juan, un artesano que desde hace diez años viaja por Latinoamérica, opinó que las ruinas de Choquequirao eran mejores que las de Machu Picchu. Aunque yo evitaba hablar con él desde que intentó convencerme de que todos moriríamos por las radiaciones que mi celular emite cuando publico una foto en Instagram, no pude evitar preguntarle por qué esas ruinas, de las que nunca había escuchado, eran mejores que una de las Siete Maravillas del Mundo, nada menos. “Porque son parecidas y no las conoce nadie”, me dijo y se fue. Corrí a mi computadora para buscar información.

La ciudadela de Choquequirao, conocida como la hermana de Machu Picchu por ser parecida en tamaño y estructura, habría sido un centro político-religioso importante durante el Imperio Inca y uno de los últimos bastiones de resistencia cuando Cusco fue sitiada por los españoles. Se calcula que sólo el treinta por ciento de las mil ochocientas hectáreas que abarca el complejo ha sido descubierto, y que el setenta por ciento restante sigue bajo tierra. Pero lo que me obsesionó con Choquequirao fue un dato estadístico que confirmó lo que había dicho Juan: es visitada por menos de veinte personas al día, un poco porque Machu Picchu se lleva toda la atención y otro poco porque la única forma de acceder a ella es caminar sesenta y cuatro kilómetros en plena cordillera peruana.

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Así fue que al llegar a Cusco corrí a la Oficina de Turismo para asegurarme de que el camino estuviera bien señalizado. Este es un dato importante, porque de lo contrario debía pagar un tour en dólares o quedarme con las ganas (que en verdad era la única opción porque no podía darme el lujo de gastar en cinco días el equivalente a todo un mes de viaje). Como la idea de imaginarme sola en la montaña me daba miedo, comencé a buscar compañeros de trekking. En las primeras dos semanas recibí tres respuestas: “no sé, puede ser”, “me encantaría pero no tengo plata/tiempo”, “no sé si aguanto la caminata”. Y cuando ya empezaba a considerar la idea de dejar Choquequirao para otro viaje, cuatro argentinas y dos colombianos quisieron sumarse a la aventura. Saldríamos el domingo primero de Mayo.

Por una serie de hechos que no vienen al caso, al comienzo de la aventura éramos sólo tres: Carla, Marianela y yo. A las seis de la mañana abandonamos Cusco, y tras viajar en un colectivo, en una minivan y en un taxi llegamos a Cachora, un pueblo en la cordillera donde comienza el trekking a Choquequirao. No sé dónde estaban sus cinco mil habitantes porque ese mediodía solo encontré dos policías que hablaban bajito, un grupo de niños que jugaba con canicas, y una madrecita que nos recomendó alquilar una mula. Según dijo, el camino era demasiado duro como para que tres mujeres cargaran carpa, bolsa de dormir, ropa, agua y comida para cinco días.

Porque ninguna madrecita se equivoca golpeamos una, dos, tres, cuatro, cinco, seis puertas en busca de un arriero. Nadie respondió o lo hizo en quechua, hasta que por fin, de la mano de una niña que no paraba de sonreír, llegamos a la casa de Doris, famosa en el pueblo por manejar el negocio de mulas. Aunque Doris hizo varias llamadas desde un celular viejo nadie parecía dispuesto a trabajar un primero de mayo, por lo que dormimos en Cachora para salir al día siguiente. Esa tarde tomamos mate en la plaza, caminamos por el pueblo y sacamos fotos. Habrán pasado apenas seis horas hasta que cayó el sol, pero el día me resultó eterno.

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El lunes, a las ocho de la mañana, salimos de la casa de Doris junto a nuestro arriero Juan Carlos y su caballo Toño. Caminamos once kilómetros por una carretera de ripio hasta llegar a Capuliyoc, donde nos detuvimos para tomar un refresco en la tienda de Mariano. Peruano, cincuentón, de ojos celestes y estatura media, a Mariano le faltaban algunos dientes pero le sobraba carisma; leía un libro de Galeano que le había regalado un argentino, hablaba con la frente en alto del Perú, y quería que los países de Sudamérica lleguen a ser independientes de los Estados Unidos. Cuando volví de Choquequirao pasé a despedirme.

Después descendimos cuatro horas por empinados, estrechos y zigzagueantes senderos pedregosos. Cuando, al kilómetro y medio, me di cuenta de que Juan Carlos y Toño se habían adelantado y mis compañeras habían quedado atrás, bajo el implacable sol andino, frente a una cordillera nevada, al borde de un precipicio, sola, sin siquiera un pájaro, sentí un cosquilleo en el cuerpo, una intensa quietud, y ya no pude concentrarme en el camino pese a los carteles que advertían la posibilidad de derrumbes; distraída por el paisaje, estuve a punto de caerme siete veces, y me caí sentada dos.

Llegué al camping con las rodillas doloridas, Marian con ampollas en los pies y Carla descompuesta. Habíamos calculado mal la comida, subestimado el tema de hacer fuego y obviado controlar la carpa que, desde luego, estaba rota. El viento soplaba fuerte, los mosquitos no daban tregua y a Juan Carlos le gustaba dar órdenes. No teníamos aislante, calzas térmicas ni un cocinero como sí tenían los tres estadounidenses que acampaban al lado. La bolsa de dormir que yo había comprado en la Feria del Alto, un mercado callejero de La Paz, no toleraba el frío de la montaña ni la humedad del suelo. Por lo demás, a mí no me gusta acampar y todavía quedaban cuatro días… (seguir leyendo).

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14 comentarios en “Aventura a Choquequirao (I)

  1. Pobre, me imagino el frio, y te digo yo que vivo en el centro de America esta siendo insoportable el calor pero definitivamente creo que el frio se me hara mucho mas duro cuando lo tenga que enfrentar jejejeje, las fotos no dan tregua, el lugar es bello y bueno por que un dia no llegar, esta en mi lista de cosas para hacer y conocer antes de morir.

    • No me dejes con semejante intriga por favor jajaja espectacular relato. Los lugares más que hermosos y la historia con un tinte de misterio que atrapa. Ojala pueda Seguir leyendo tan linda bitácora. El frío, los golpes, el mal dormir, el cansancio etc etc no se compara con la riqueza de los lugares, sus paisales, el compañerismo, la confianza, poner al límite el cuerpo y la mente etc. Espero la aventura termine de la mejor manera y que lo Que encuentres sea tan mágico Cómo la travesía que están llevando a cabo. Saludos desde Villa Dolores Córdoba Argentina

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