Encuentro con el Diablo

Una camisa sudada por otro, unos pantalones sucios, unas botas de goma, un casco viejo y una linterna que casi no alumbra; una botella de whisky, un atado de cigarrillos, una bolsa de hojas de coca y una gaseosa sabor naranja para obsequiar a los mineros: tengo todo listo para ingresar a Cerro Rico, la mina más grande de Potosí, explotada por cuarenta y cuatro cooperativas integradas por quince mil trabajadores.

Me transpiran las manos, me duele la panza, tengo el pulso acelerado. En Buenos Aires no me hice una resonancia de cabeza por miedo al encierro y ahora voy a descender en plena oscuridad setenta metros bajo tierra. Algunos días me odio por ser dramática, otros por impulsiva y hoy por curiosa: si no me intrigara saber cómo es el segundo trabajo más insalubre del mundo no estaría a segundos de enfrentarme con mi fobia mayor.

Veo cómo los rayos del sol se filtran por entre las espesas nubes que se mueven en cámara lenta; una manada de pájaros sobrevuela inquieta, el túnel de acceso a la mina. Treinta y tres mineros chilenos atrapados sesenta y nueve días. ¿Cuántas son las posibilidades de que me pase lo mismo? ¿Una en cien, una en mil, en un millón, en diez billones? Ya no hay tiempo de dudar, estoy adentro de la mina.

Camino en fila india por un túnel angosto: primero la guía, detrás cuatro argentinos y tres gringos; después Gabriel, compañero de viaje, y por último yo. Minutos después todo es oscuridad, salvo por la tenue luz de las linternas colgadas de nuestros cascos. Le pido a Gabriel que me deje anteúltima y apoyo mi mano sobre la mochila del gringo que me precede.

La guía dice algo que no logro entender por el ruido del chapoteo del agua. Ya tengo los pies mojados y piedritas entre los dedos: mis botas de goma, que deberían mantenerme seca durante las tres horas de excursión, están agujereadas. Y además me pica la garganta, me lagrimean los ojos, me cuesta respirar y tengo calor.

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Por suerte no soy la única que sufre, y nos detenemos a descansar. “Quédense tranquilitos, es normal que se sientan así a unos metros bajo tierra. Aquí el único mineral peligroso es el monóxido de carbono porque no tiene color ni olor y produce la muerte en sólo diez minutos. Si se mantienen cerca no les sucederá nada”, dice la guía.

Entre mi cuerpo y las paredes del túnel no hay más de medio metro de distancia; de frente y a mis espaldas, oscuridad. Diez minutos. Diez minutos para preguntarme por qué, para imaginar a los otros sin mí, para lamentar lo que no hice, para aceptar mi destino. Diez minutos de agonía en el silencio, la soledad, la oscuridad y el calor de esta mina. Diez minutos… ¿Cuánto serán diez minutos acá?

Seguimos el recorrido y el túnel se vuelve cada vez más estrecho, más oscuro y siniestro. Un argentino tose, transpira, respira con dificultad. La guía intenta en vano tranquilizarlo hasta que decide llevarlo a un lugar donde circule más aire. El resto nos quedamos solos. Gabriel toca un mineral verde que cuelga de las paredes; un gringo habla en un idioma que no conozco, y yo, perturbada por un fuerte zumbido, me siento en el suelo.

En un momento, al ver la luz de dos linternas, me levanto con la esperanza de que sean el guía y el argentino, pero son dos mineros que, con la mirada gacha, piden permiso para pasar. Imito a mis compañeros y apoyo la espalda sobre la rocosa pared del túnel; por acto reflejo, contraigo la panza. Los mineros se van y yo meto la mano en el bolsillo para sacar mi celular: no tengo señal, desde luego.

Mis compañeros de excursión hablan pero yo todavía escucho el zumbido. Cierro los ojos, inhalo profundo y exhalo despacio; intento sentir el aire que entra y sale pero sólo pienso en que quiero salir. Si la guía y el argentino no vuelven en quince minutos pediré a alguien que me saque. Pero… ¿a quién? Saco mi celular: sigo sin señal, desde luego.

Llegan la guía y el argentino y continuamos por un túnel tan bajo que debemos caminar en cuatro patas. Las manos sucias, las rodillas cansadas y el maldito zumbido. Cuando al fin logro incorporarme, frente a mis ojos, encuentro una estatua del Tío, que es como los mineros llaman al Diablo. A su alrededor, latas de cerveza, botellas de whisky, atados de cigarrillos y hojas de coca. Miro mi reloj: son las cinco horas veintiséis minutos.

Tomo fotos, hago preguntas a la guía y le echo al Tío un chorro de alcohol. Después cierro los ojos y le pido que silencie el zumbido, que adelante el tiempo, que me saque sana y salva de aquí. Por primera vez le rezo al Diablo porque, como dicen los mineros, bajo tierra Dios no existe. Abro los ojos, me levanto y vuelvo a mirar la hora: son las cinco horas treinta y seis minutos.

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10 comentarios en “Encuentro con el Diablo

  1. Muy buen post! Bastante interesante! Me hizo recordar la primera vez que embarque en un submarino (donde he llegado a convivir navegando más de un mes)

    Me gustan tus historia sigue asi!

  2. marina hace poco tiempo conoci tu face tu blog y la verdad que sos un vicio tus fotos tus narraciones, sos una genia,quiero ser como vos cuando sea grande jaajajja.besote y mucho exitos en tus caminos.

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