Atrapada en Villa Tunari

Hace diez días llegué a Villa Tunari, un pueblo en el Chapare, en Bolivia, en plena selva tropical, tras una verdadera odisea: nueve horas en ómnibus desde Potosí a Cochabamba para luego tomar otro ómnibus que a las seis horas quedó varado en la ruta por desmoronamientos de tierra; después caminar dos horas bajo el calor sofocante con mi mochila a cuestas hasta por fin conseguir un taxi en el que, apretada, recorrer los veinte kilómetros que faltaban para llegar a destino, con una parada de media hora para ayudar en una mudanza a una mujer que detuvo el taxi en medio de la ruta.

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Pasajeros que viajaban conmigo en el ómnibus que quedó varado
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Vendedoras ambulantes al costado de la ruta

Jamás había escuchado de Villa Tunari, pero Guido y Gabriel, compañeros de viaje, me convencieron de venir. Guido y Gabriel son dos amigos argentinos que, como yo, renunciaron a sus trabajos, alquilaron sus departamentos, vendieron sus cosas, se despidieron de sus afectos y salieron a la ruta con la idea de llegar hasta Colombia. Hace unos veinte días el destino nos encontró en Oruro, y entonces decidimos viajar juntos por un tiempo. 

Gabriel es alto, delgado y tiene los ojos achinados, según cree, debido a su ascendencia indígena. En Buenos Aires trabajaba como editor de videos en una gran productora y tenía una banda de reggae. Ahora toca el ukelele, duerme catorce horas por día, extraña a una chica a la que conoció antes de viajar y si no hay agua caliente no se baña. Con frecuencia me dice que estoy loca, comparte la Sprite que compra cada tarde y se burla de mi idea de encontrar en Bolivia medialunas rellenas con jamón y queso.

Guido, de estatura y peso medio, tiene ojos celestes y la espalda salpicada de pecas. Antes de viajar trabajaba como sociólogo con los tobas, una comunidad indígena argentina, y coleccionaba discos de vinilo. Hoy hace música con un bidón de agua, habla hasta cuando está dormido, sonríe al recordar a su hermano de tres años y sueña con un catamarán en el río Bermejo, en el Chaco. Además, suele enredarme el pelo bajo la lluvia, hace té de coca y manzanilla, y prepara la cena de todas las noches.

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Guido y Gabriel, mis compañeros de viaje

Gracias a ellos llegué a este pueblo sin WiFi, semáforos ni cascos, donde el clima es tan húmedo que la ropa que lavé hace cuatro días cuelga todavía mojada de una soga en mi cuarto. Las primeras noches, escondida bajo las sábanas, esperé con ansias el amanecer: el ruido de la lluvia sobre el techo de chapa, los árboles que caían al río como si fueran de juguete y los rayos que cada dos minutos  iluminaban el cielo me aterraban. Ahora, sin embargo, camino con mi piloto verde hasta la plaza del pueblo para hamacarme a oscuras bajo la lluvia torrencial. 

Los primeros días sentí que la gente estaba molesta con mi presencia: nadie me devolvía el saludo, me respondían con monosílabos y controlaban de reojo mis movimientos. El Chapare es una región famosa por sus extensas plantaciones de hoja de coca y, durante casi tres décadas, los gobiernos bolivianos intentaron combatir el narcotráfico mediante la erradicación del cultivo gracias al apoyo de los Estados Unidos, que ocupó estas tierras con fuerzas de seguridad especializadas en la lucha contra la droga.  

Luego de enfrentamientos que se llevaron la vida de numerosos campesinos y de una fuerte injerencia del gobierno estadounidense en la soberanía boliviana, Evo Morales, bajo el lema “sí a la coca, no a la cocaína”, en el dos mil seis expulsó a la DEA del país. Las heridas, sin embargo, siguen abiertas: los lugareños, según me comentó un carnicero, sospechan que los turistas son agentes secretos del gobierno de los Estados Unidos. 

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Productores cocaleros en la selva

Recién hace cinco días los vendedores del mercado municipal comenzaron a sonreírme, a preguntarme de dónde soy y a contarme de sus vidas. Me gusta ir al mercado porque tiene de todo: almacenes, verdulerías, carnicerías, peluquerías, talleres de costura, puestos para comer y tiendas que venden ropa. Y también porque las mañanas son iguales a las tardes y los miércoles a los sábados, salvo cuando una anciana escucha mi canción favorita de Mercedes Sosa y cuando Lorena, la pequeña hija de una joven que trabaja en un bar, escondida tras las piernas de su madre le guiña el ojo a Guido. 

También me gusta escuchar a la gente hablar del referéndum del pasado veintiuno de febrero en el que los bolivianos votaron en contra de la reforma constitucional que le hubiese permitido a Evo postularse como Presidente por otro período consecutivo. Hace un rato, mientras tomaba un refresco en la vereda, una chola le decía a un joven que Bolivia era un pueblo sin memoria, ya que antes de que Evo llegara al poder los indígenas y los campesinos no tenían derechos. 

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Villa Tunari en plena campaña electoral

Pero lo que más me gusta de Villa Tunari es su selva: senderos llenos de barro con víboras venenosas, arañas de múltiples tamaños y mosquitos que pican tobillos; ríos de agua turbulenta, manadas de loros que cantan, bananeros, limoneros, orquídeas. Cada tanto, perros flacuchentos que amenazan con morderme frente a precarias casas de madera donde viven familias que, si bien saben español, se comunican en quechua; y kioscos en medio de la nada que venden Coca-Cola y galletitas Oreo. Pero lo más llamativo, para mí, es un hotel de cuatro millones de dólares abandonado e invadido por árboles, plantas, murciélagos, avispas y hongos.

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Uno de mis lugares favoritos de Villa Tunari
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Una chola en la selva
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La pileta del hotel abandonado

Hace varios días quiero escribir pero sucede que un tal Tintín, un sesentón que dice haber simulado su funeral y tener ahora una nueva identidad para no caer preso por narcotráfico, me interrumpe e insiste en contarme sus fantásticas historias que, aunque son incomprobables, no puedo dejar de escuchar. O me distraigo con Pablo, un chileno con los pelos teñidos de rubio platinado que tiene planes de cruzar el Atlántico con nada más que su lapicera y su cuaderno.

Ahora es de noche, hace calor y llueve. Gabriel toca el ukelele y Guido su bidón de agua pero no los escucho por la lluvia torrencial que retumba en el techo de chapa del quincho en el que estamos. Y por fin puedo escribir estas líneas en unas húmedas hojas que encontré sobre la mesa y tratar de entender por qué hace cinco días me levanto con la idea de irme pero me quedo: en Villa Tunari no pasa nada, es cierto, pero a mí acá me pasan muchas cosas.

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La vista con la que me levanto cada mañana

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25 comentarios en “Atrapada en Villa Tunari

  1. Un post muy emotivo, cargado de magia, de un no sé qué…que me llegó al alma.

    ¡Qué lindo lo que estás viviendo, Marina! Disfrutalo al máximo. Y si no te da para irte de Villa Tunari, no te vayas…qué apuro hay!

    Un abrazo

  2. Hay medias lunas en Bolivia, si regresas por Cocha te enseño donde a cambio de un selfie y una historia. Y ya que estas en esas, salgan temprano al Inicio del IVIRIZU, se camina harto, pero te enamoraras de los rios, y cruza los rios en Orollas!, Pero ten cuidado, esos rios son mortales.

  3. Que buen posteo Marina!!! Escribís tan preciso que (si cerrás los ojos unos minutos) me trasladás a ese lugar.!! Que sigan los éxitos y obviamente, no dejes de escribir que te estamos siguiendo! Besos!

  4. Marina, excelente relato, te felicito por la aventura, tu deseo de encontrar cosas nuevas hace que efectivamente las encuentres y es muy grato leerlas, sigue así, continúa creciendo en tu espiritu y en tu escritura, te deseo lo mejor, saludos!

  5. Excelente!!! Qué lindo cuando lees un relato que te hace viajar sin moverte. Espero el próximo para poder seguir viajando sin tener que renunciar jaja.

  6. La forma en que describís a las personas me atrapan en tus historias Marina. Tenés una forma especial de describir todo; los lugares, tus emociones, todo, pero como describís a las personas es lo mejor, con esos detalles que parecen insignificantes pero que hacen sentir la esencia de uno. Tenés pensado escribir un libro sobre tus viajes? Me imagino que sí. Y si no, pensálo por favor.

    • Diego!!! Me queda súper grande tu mensaje!!! MIL MIL MIL GRACIAS!!!
      Me gustaría escribir un libro sobre mi viaje pero todavía tengo mucho camino por recorrer y quiero primero aprender a escribir.
      Me alegró muchísimo tu mensaje, en serio.
      Te mando un beso enorme desde La Paz:)

  7. Acabo de encontrar la etiqueta de una cerveza boliviana, taquiña, donde escribiste tu nombre y la dirección de este blog en la parte trasera después de arrancarla de una botella que estaba a tu lado.
    Recuerdo con especial cariño esa noche. Ya habían dado la noticia de que no podiamos salir de uyuni por el referéndum y no había otra opción que vacilar en el hostal. Atrapados en esa selva de ensueño, con mis compañeros de viaje, después de un par de semanas en Bolivia, decidimos que uyuni seria nuestro ultimo destino antes de volver a casa, y quisimos despedirnos de Bolivia a nuestra manera, gastando todo el presupuesto restante con el Toni Montana de Uyuni que conocimos esa misma tarde en el mercado. Tuvimos la suerte de que esa noche todos los presentes estaban motivados para vacilar. Entre la música improvisada, las tallas y el alcohol, corrían de mano en mano los productos de Toni Montana. En un estado high, te veo escribiendo con tal inspiración que no dudé en preguntarte qué hacías. No hablamos mas de 2 minutos y me entregaste la etiqueta. Pareció ser un momento insignificante, así lo creí, hasta, que ahora, después de un año, la dirección escrita en la etiqueta me llevo a una serie de experiencias tan bien narradas que transporta a cualquiera a esos días. lo que quiero decir con esto, es que gracias a ti volví a vivir esos días que tanto disfruté, tanto así que tuve la necesidad de escribirlo…
    Gracias por la etiqueta. No dejes de escribir !!

    • Hola Seba! Estoy confundida! En Uyuni te anoté mi nombre y la dirección de mi blog? Porque no recuerdo haber estado en ningún hostel en Uyuni donde haya alcohol ni demases. De hecho, recuerdo que mi paso por Uyuni fue MUY MUY tranquilo, en dos hostels re familiares de mala muerte. Sí puede ser en Villa Tunari, que el hostel era bastante movido (no me acuerdo el nombre pero me acuerdo que el dueño se llamaba Tintin). De hecho, este post lo escribí en ese hostel, de noche, mientras todos tomaban cerveza.
      De todas formas, me alegró MUCHO tu mensaje. Estoy en una etapa de bloqueo creativo, y me está costando escribir. GRACIAS GRACIAS GRACIAS!
      Espero que andes bien, te mando un abrazo grande!

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