Hasta pronto Buenos Aires

Mi indisimulable acento provinciano, mi piel bronceada por el sol misionero; la sensación de soledad aunque por primera vez tenía cinco millones de vecinos, de andar a un ritmo más lento que el de los otros… Pareciera que fue ayer cuando abandoné Misiones y llegué a Buenos Aires para estudiar Derecho. Y recién hoy, mientras terminaba de armar mi mochila, tomé consciencia de que desde aquel día pasaron diez años.

 

Cuando llegué a Buenos Aires, Gerónimo, mi sobrino menor, todavía usaba pañales; y Juan Cruz, el mayor, estaba en jardín de infantes. Al vivir por primera vez en la misma ciudad, podíamos jugar todos los días, hacer cartitas de Navidad, esperar juntos a los Reyes Magos. Después mis sobrinos empezaron a atarse los cordones solos, a leer sus cuentos por sí mismos, a encontrarme rápido cuando jugábamos a las escondidas, hasta que un día me dijeron: “Tía, ya sabemos que no existe Papá Noel”.

 

Por aquel entonces yo todavía me peleaba con mis hermanas por cosas intrascendentes, pero luego llegaron las lágrimas por alguna verdadera desilusión, los ataques de risa por cosas que sólo nosotras tres entendíamos, y las confesiones que jamás hubiéramos hecho a alguien más. Al comprender que no había mejores amigas que nosotras, en un arrebato de amor fraternal, una tarde de invierno terminamos las tres con el mismo tatuaje en la muñeca.

 

En Buenos Aires tuve mi primera entrevista laboral y conseguí un trabajo que quería para, decepcionada, renunciar un mes después. Más tarde, a cambio de unos pocos pesos, trabajé en estudios jurídicos casi doce horas diarias: corrí por escaleras de Tribunales, falsifiqué firmas para evitar vencimientos, hice colas larguísimas. Al fin, en un trabajo, encontré la comodidad que buscaba, y me quedé allí casi cuatro años. Dilapidé mis primeros buenos sueldos, me endeudé, sobreviví con menos de lo justo y al fin logré administrar mis ingresos, ahorrar.

 

Tras cinco años de libros, fotocopias, mates, cafés y cigarrillos, me recibí de abogada. Fue un ocho de un Julio más frío que los de costumbre, y en la puerta de la facultad estaban mis amigas con un gran cartel, mis sobrinos con un arsenal de huevos, aceite, gaseosas y papel picado, y el resto de la familia con un ramo de flores. Fue la primera vez que vi llorar a mi papá, y entonces tuve la sensación de que quien estaba grande era yo. Cuando, tiempo después, despedí a mi último abuelo, ya no me quedaron dudas.

 

Viví con mi hermana, con un novio, con una amiga, y también sola; en un departamento grande, en un loft mediano y en un minúsculo monoambiente. Me independicé de mis padres, aprendí a cocinar algo más que milanesas con puré; descubrí que me gusta estar sola, que a veces necesito quedarme en la cama el sábado y el domingo, y que apenas pueda trataré de volver a vivir en una casa con patio.

 

Lloré porque un novio que no valía la pena me había dejado, y porque yo había dejado a uno que sí valía la pena; con el tiempo me di cuenta de que me enamoré solo una vez. Conocí gente distinta, parecida, y también igual a mí: de algunos no recuerdo ni siquiera el nombre, mientras que a otros los frecuento casi a diario. Perdí prejuicios, reafirmé valores, me hice de más amigos de los que creo merecer.

 

Caminé por muchas calles, conocí más rincones de los que hubiese podido imaginar. Viví la desventura de, inundada la ciudad una tarde de abril, ser rescatada con una soga por un bombero, y tuve la dicha de estar en Buenos Aires el día en que nevó. Celebré en el Obelisco junto a miles de personas que la selección argentina hubiese llegado a la final del Mundial de Fútbol en Brasil.

 

Despedí a Alfonsín en el Cementerio de la Recoleta, y a Néstor en la Plaza de Mayo. Más tarde milité en un pequeño partido de izquierda: leí a Trotsky, a Lenin, a Gramsci; fui a varias marchas y movilizaciones, para luego perder la fe en los políticos y en Dios. En un momento tuve la necesidad de crear, de hacer algo manual, y comencé a hacer accesorios y ropa que durante un tiempo vendí en ferias americanas.

 

También tomé clases de teatro, y descubrí que todavía era capaz de jugar, que los límites entre mi imaginación y la realidad podía ponerlos yo misma; también que había gente que encontraba su realización en la tercera edad. Sentí vergüenza al hacer algo para lo que no me sentía preparada, la adrenalina de subir a un escenario frente a ciento cincuenta personas, la nostalgia de la última función.

 

Hasta que llegó el día en que pensé que aquí había vivido lo suficiente como para salir a ver el mundo, y resulta que es inevitable partir sin ponerse triste y, al mismo tiempo, feliz.

 

Gracias Buenos Aires.

 

Ya volveremos a vernos.

 
 

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11 comentarios en “Hasta pronto Buenos Aires

  1. Te leo, y se me vienen a la cabeza un montón de sensaciones parecidas. Nos pasaron más o menos las mismas cosas: yo también vine del interior, también viví sola, con hermanos, con novio. También trabajé en lugares más feos y otros más lindos. También me agarró una inundación. También me crucé con gente que me cambió la vida, otros que mejor no haberlos conocido. Todo salvo lo de las manualidades, jaja, ahí sí que no me doy maña.
    Hoy me sacaste una sonrisa con este post.

    Buen viaje!! Te seguiré leyendo donde sea que estés! Y FELIZ AÑOO
    Qué mejor forma de arrancarlo que viajando! Acordate de todo lo vivido para sacar fuerzas para seguir, y muchos éxitos!

  2. No te despedimos, porque no te perdemos.
    No te vamos a extrañar, porque siempre vamos a estar en contacto.
    No nos apena tu decisión, porque al ser “tu” decisión también es la nuestra.
    Pero sí nos abrazamos fuerte, porque es la manera de expresar que a la distancia, y a pesar de no conocernos, estamos y vamos a estar juntos viviendo una aventura maravillosa.
    La mejor vibra del mundo, merecés todo lo bueno que está por venir.
    Besotes Maru!!!
    Ch.

  3. Me encanta tu forma de escribir, todo lo mejor en esta nueva vida que comienza, ojala a mi se me de tambien lo que espero y pueda irme de viaje sin una fecha de retorno.
    Te dejo una frase de Marguerite Duras: “No sabemos donde vas pero esa no es razon para no ir”
    Bon voyage!

  4. Cuantas similitudes de sensaciones y pensamientos. Cuando uno se cree que pasó por todo, la vida le depara una sorpresa más. Que esperanzador es encontrar gente que todavía lucha por lo que quiere y hace lo imposible por ser feliz. No hay que encontrar nuestro lugar en el mundo para sentirnos plenos, quizás estar en movimiento sea la manera que elegiste, y eligen otros tantos. Éxitos en este camino. Ojalá algún día pueda tener el valor de poder salir así al mundo. Al final lo único que nos llevamos de esta vida es el amor. Y ese sentimiento se mide en experiencias. Espero las tuyas en este viaje. Abrazo gigante!

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