Homeless

Hace un año y medio me mudé a mi departamento. Antes de eso, por una serie de hechos que no vienen al caso, viví en lo de Clara, una amiga, y en lo de Belén, mi hermana menor. Aunque la idea inicial era estar en casa de ellas sólo unos días, pasé en sus casas, en total, casi dos meses: al principio no buscaba departamentos por no tener ánimos para enfrentar una mudanza ni para estar sola la mayor parte del tiempo; después no encontraba nada que me gustase o que estuviera al alcance de mi presupuesto.

Un mediodía, mientras trabajaba, Clara me mandó un mail para decir que había visto un monoambiente que “era para mí” y combinado con la inmobiliaria para que yo fuera a verlo después del trabajo. Salí de la oficina, tomé el subte y llegué a la dirección que mi amiga me había pasado. Amor a primera vista: un departamento nuevo, luminoso, amplio, con balcón, en el octavo piso de un edificio ubicado en una tranquila calle empedrada, llena de árboles, a sólo dos cuadras del subte.

Esa misma tarde señé el departamento, a los pocos días firmé el contrato de alquiler y a las dos semanas me mudé. La primera noche fue horrible: sola, rodeada de cajas, con los focos al aire. Sin embargo, mi casa pronto se convirtió en lugar de encuentro con mi grupo de amigas, al punto que fue apodada “El Club”; y yo entonces hallé, por así decirlo, mi lugar en el mundo. Aunque no todos mis días fueron felices, algunas de las cosas más lindas de mi vida ocurrieron entre esas cuatro paredes.

Quizá por eso se siente rara mi última noche en casa. Focos que cuelgan del techo, la biblioteca y el armario vacíos, mis cosas metidas en cajas, salvo unas lucecitas de Navidad y un alargue que prometí regalar a Julieta, una amiga. Me enrosco las lucecitas en la cabeza, en el cuello, en los brazos y en la cintura; las enchufo, pongo música a todo volumen y, gracias al alargue, mi cuerpo iluminado baila por todo el departamento.

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Mi casa y mis lucecitas, unas semanas después de haberme mudado

Suena el timbre: o bien mi amiga llegó a buscar las cosas antes, porque quedamos a las diez, o perdí la noción del tiempo. Miro el reloj: diez y media. Bajo el volumen, desenchufo las lucecitas, me enredo con los cables y, pese a mis intentos, no puedo liberarme, por lo que abro así como estoy:

— ¿Te disfrazaste de arbolito de Navidad? —, pregunta Julieta al verme.

— No sé, supongo que la mudanza me hace mal—, digo y le hago señas para que pase.

— ¿Cómo estás, además de loca?

— Muerta, todo el día embalando cosas. Mañana temprano llega el camión de la mudanza. ¿Vos bien?

— Sí, yo todo bien. ¿Cómo te sentís?

— Bien… ¿Tu día?

— Fui a comer a lo de mis viejos, limpié mi casa, salí a caminar, y ahora estoy acá. No me mudo para irme de viaje por el mundo, así que no tengo mucho para contar. ¿Vos? ¿Nerviosa?

— No…

— ¿Feliz?

— …Tampoco.

— ¿Triste?

— ¿Me ayudás a sacarme las lucecitas?­

Julieta vuelve a acusarme de loca mientras me libera de los cables; no le cuento que, así como estaba, llena de lucecitas, bailé y canté a los gritos varias canciones de R.E.M. Me propone que cenemos juntas pero le doy la excusa de que tuve un día largo y necesito dormir temprano; como se da cuenta de que estoy mal insiste un rato, pero al fin me despide con un abrazo y se va.

Cierro la puerta, apoyo la espalda y me deslizo hasta encontrar el suelo; miro las cajas, mi departamento semivacío. ¿Será normal elegir ser homeless? ¿Haré bien al alejarme de mis seres queridos para ir a no sé dónde a hacer quién sabe qué?  Tiemblo de miedo y me largo a llorar como nunca.

Miro las lucecitas y el alargue por más de diez minutos hasta que me doy cuenta de que Julieta no se llevó lo que había venido a buscar. Le mando un Whatsapp para preguntarle si está lejos y decirle que vuelva. Me responde: “No me olvidé, te dejé las cosas a propósito, seguí haciendo lo que hacías, que te va a hacer bien”.

Acomodo las cajas y los muebles en una punta del departamento, vuelvo a enroscarme las lucecitas en el cuerpo, y pongo un tema que me hace bien. Bailo, canto, brillo, hasta que de a poco el miedo se va…

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Mis lucecitas y yo, a horas de convertirme en nómada

(♥Gracias mamá, Fede, Cele y Juli por la ayuda y la contención de los últimos días♥).

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13 comentarios en “Homeless

  1. ¡Brillante! No sólo las lucecitas, sino la luz interior que te hizo partir. No sabes adónde vas, pero sabes que ES ahora. La voz de nuestro yo interior es la intuición. Gracias por inspirar.

      • Jajaja! Es irónico ese nickname que tenía, le acabo dar de alta nuevamente a la cuenta de wordpress que ya tenía desde hace varios años. Lo he hecho para poderte dejar mi comentario porque me conmoviste. En esos años había comenzado un blog para quejarme de la gente que no se comprometía con el trabajo y soy yo ahora el que no quiere trabajar o al menos no hacerlo en el modo convencional que conocemos. Pero creo que ya logré cambiar mi nick por Juan Estuardo. Para cerrar te digo que seguiré tu camino de aventura, gracias otra vez, me has emocionado PD: Soy el mismo de instagram!

        • Hola Juan, jajaja. Me hiciste reír con lo del nickname! Yo tampoco quiero tener un trabajo en el cual los lunes sean días feos y los viernes felices.
          Gracias por acompañarme en mi aventura, apenas emprendas la tuya quiero tener noticias .
          Un abrazo!

  2. Que bueno que cuentes con el apoyo familiar, eso es muy importante al momento de tomar esas decisiones. Cuando yo tome la decisión de viajar, mis papas dejaron de hablarme 🙁

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