Coincidencias

Entre la multitud que camina por la peatonal de Istiklal, me detengo y miro hacia adelante, hacia atrás, a los costados, y no encuentro a mis amigas. Alguien me toca la espalda, al girar me encuentro con un tipo alto, robusto, con la cara llena de granos que de alguna extraña forma disimulan sus más de cuarenta años. Cuando me pregunta si estoy bien, asiento y le digo que me perdí; entonces me ofrece que vaya a la tienda donde él trabaja para conectarme a WiFi, escribirle a mis amigas y esperar a que pasen a buscarme por allí. 

Caminamos unos metros y llegamos a un localcito lleno de pashminas, especias, tazas, alfombras, portavasos, ceniceros y artículos de plata. El hombre me dice que lo espere un minuto, se va y luego regresa con dos banquitos, dos tazas de té y un papel donde está escrito el usuario y la contraseña de Internet. Me siento, bebo un sorbo de té y, sin darme tiempo a buscar mi celular, el hombre comienza a mostrarme fotos: “Estos son mis padres, mi madre se puso muy triste cuando me fui; éstas son mis hermanas, mira qué lindas son; y esta es mi ciudad, antes de que fuera tomada por el Estado Islámico”.

Al ver que se le llenan los ojos de lágrimas me quedo muda, petrificada, sin saber qué decir, hasta que por fin me atrevo a preguntarle quién es, de donde viene, qué le pasó. Me cuenta que se llama Ahmad, que es un musulmán oriundo de Siria; que tras haber sido secuestrado y casi decapitado a manos del Estado Islámico por vender cigarrillos y usar pantalones cortos, abandonó su país para radicarse en Turquía de manera ilegal; que consiguió trabajo en Estambul y que está bien, aunque desde hace meses no sabe de su familia porque su pueblo, a causa de los bombardeos rusos,  se encuentra aislado, sin teléfono ni Internet.

Nuestra conversación se interrumpe porque una pareja de turistas entra al local. El sirio se levanta rápido, los saluda y los atiende con una gran sonrisa, como si hubiera olvidado que hace unos segundos estaba a punto de llorar. Abre varios cajones de los que saca pashminas de distintos tamaños, precios y materiales; regatea en inglés con tanta destreza y astucia que los turistas abandonan el lugar cargados de bolsas.

Otra vez solos, Ahmad me revela que su sueño es tener una cigarrería en Suiza con su hermano mayor porque, aunque casi fue asesinado por vender cigarrillos, para Alá no es pecado fumar. Aprovecho que de alguna forma él cuestiona su propia religión para preguntarle por qué los hombres tienen grandes espacios en las mezquitas para rezar y las mujeres no, y le pregunto si sus hermanas alguna vez se quejaron por tener que andar con la cabeza cubierta.

A primera vista no parecemos tener nada en común: Ahmad es musulmán y yo atea, para él es impúdico que una mujer se muestre sin su hiyab y para mí no hay nada más poético que una mujer con el cabello al viento; él lee el Corán, y yo canto rock a los gritos. Pero seguimos la charla y así nos enteramos que de chicos los dos jugábamos con latas llenas de arroz, que nos enamoramos, tanto él como yo, sólo una vez, que cada tanto nos sentimos solos y que soñamos con ver la aurora boreal. En fin, coincidencias. 

¿Te gustó este post? Suscribite al blog para recibir los próximos posts en tu e-mail, seguime en Facebook y en Instagram para viajar conmigo en tiempo real y no dejes de compartir mi contenido en las redes.

11 comentarios en “Coincidencias

  1. Ese es exactamente uno de aquellos momentos que te marca, o al menos así lo veo yo. Es decir, no es cuando conoces el Taj Mahal, ni las Pirámides de Egipto que seguramente te van a marcar, pero como ya lo tenías previsto no llenan tanto como aquellos en que te encuentras totalmente desprevenido y algo sucede. A mí por ejemplo me marcó una viejita de 78 años que vendía refrescos en el monte de la luna en Yangshuo China.

    ¡Qué bien artículo!

      • Hola Mariana, con el café, mate o té que nos tomemos en Colombia te cuento lo que desees de lo que recorrí un mes en China (no fue mucho ¡eh!, China es un país gigante). Claro que si deseas saber algo antes de tu llegada tan sólo pregunta.

  2. Recién lo leo, Marina. ¿Te das cuenta que nada de esto pasaría si uno esta en su casa encerrado viendo tele? Viajar te abre una y mil puertas inimaginables de diferentes historias y anécdotas que nunca morirán, pues permanecerán perpetuas en tu memoria. Abrazo!

  3. Leí esto desde mi escritorio, ubicado en una de las tantas oficinas de puerto Madero……antes de entrar a trabajar acá iba a pasar todo mi verano en el Chaltén escalando montañas para ver lagunas y raspasme con miles de rocas en el camino. En fin , admiro tu decisión, tu prosa (que me hizo estar en entre vos y el sirio) y sensibilidad. Mirar el mundo con otros ojos que los nuestros es muy enriquecernos.

  4. Qué lindo que lo relatás Mari!! Como verás te leo desde instagram, face y ahora acá ! Qué linda historia .. yo también tengo algunas que me pasaron en esa ciudad mágica y eso es lo que más disfruto de los viajes y lo que más me llena, emociona y me empuja a seguir viajando y recorrer éste mundo inmenso y lleno de rincones por descubrir. Abrazo y como siempre mis mejores deseos para lo nuevo que se viene!!!

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: