Legal biscuits

El rickshaw circulaba a gran velocidad sin esquivar los pozos, como si al conductor no le importara que las flojas piezas de su vehículo pudieran perderse en el camino, como si los viejos frenos fueran a reaccionar gracias a la estampita del dios Shiva que colgaba del espejo retrovisor. Tocaba bocina aunque nadie se interpusiera en el camino y cada tanto se detenía para subir a mujeres a quienes dejaba en algún punto. Supongo que yo, de paso por India, habré pagado mi viaje y el de ellas.

Aunque Jaisalmer es un pueblo pequeño pasé casi todo un día arriba de ese rickshaw: caminar en el desierto en pleno verano, con los hombros cubiertos y pantalones largos, es agotador; por otra parte, en la India viajar en taxi no es un lujo vedado para el bolsillo mochilero, y los conductores, verborrágicos como nadie, son los mejores guías turísticos de cada ciudad. En fin, moverse así es un combo completo.

TAXI

El conductor, el que nunca pedía permiso para manejar a toda velocidad, el que subía y bajaba mujeres cuyo viaje pagaba yo, en un momento me preguntó si podía detenerse para comprar “legal biscuits”. No era necesario que yo fuese abogada para sospechar que las galletas eran ilegales, y aunque por un segundo me imaginé hambrienta, cansada, golpeada y violada en un calabozo indio, mi curiosidad me llevó a responder “No problem, nobody is in a hurry.”

Así fue como terminé en un bhang shop, un sucucho donde sonaba música india, repleto de mesitas bajas alrededor de las cuales indios y turistas, desparramados en coloridos almohadones, fumaban en pipa, masticaban galletas y golosinas, y bebían algo que parecía yogur. Tenían los ojos rojos, perdidos, y el cuerpo transpirado. El conductor, mientras elegía galletas de distintos tamaños y aromas, me explicó que lo que consumían era un derivado del cannabis.

Salimos del local y volvimos al rickshaw con una gran bolsa de galletas cuya etiqueta decía “government authorised bhang shop”. Al retomar la marcha el conductor explicó: el bhang crece en el Himalaya pero tiene origen divino, es más fuerte que la marihuana, sólo puede comprarse en comercios administrados por el gobierno, y es muy popular en el norte de la India, donde los hinduistas lo consumen para meditar, para alcanzar la iluminación, para acercarse a Dios. 

En la cima de la colina donde nos detuvimos, al parecer, se tenía la mejor vista del fuerte de Jaisalmer. Mientras el conductor comía sus galletas, me contó que se llamaba Ranjit, y que si bien nunca había salido de la ciudad, en dos meses iría a Varanasi; que todos los indios deben ir a esa ciudad santa al menos una vez, ya que es necesario para liberarse del pecado, del sufrimiento. Caía el sol sobre el fuerte y lo volvía más dorado que nunca, mientras los ojos de Ranjit ya se veían rojizos, perdidos, y su voz comenzaba a sonar pausada, serena, tal vez cerca de Dios…

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