Milagros en Jaisalmer

En Jaisalmer, si no fuera porque los aviones de guerra sobrevuelan los cielos por las disputas territoriales entre India y Pakistán, la vida transcurriría gobernada por una sistemática normalidad. Al noroeste de la India, en medio del desierto, este pequeño poblado de casi ochenta mil habitantes se sustenta en gran medida gracias a los fondos que entrega el gobierno nacional a las regiones más atrasadas del país.

Calor sofocante, calles arenosas, perros callejeros, vacas flacas y un albañil con la mirada de quien se cansó de esperar un milagro. Se nos acercó, señaló la Nikon de mi compañero de viaje, hizo algunas señas; la fotografía que le tomamos dibujó una sonrisa en su rostro arrugado por el sol y desencadenó una catarata de indescifrables palabras en hindi.

Un joven que todo el día nos había perseguido para vendernos un tour a las dunas hizo las veces de intérprete: el albañil quería una copia de la primera foto de su vida, y soñaba, según decía, con tener una colección de sus propios retratos. Le pedimos que nos escribiera la dirección de su casa (incomprensible, impronunciable) para enviarle la foto luego de haberla revelado, pero sucedía que tanto él como nuestro intérprete eran dos más del treinta y pico por ciento de analfabetos del país.

Me despedí con la esperanza de encontrar, en un pueblo atrasado y desértico, dónde revelar esa fotografía, costara lo que costase. Y tras haber caminado más de dos horas a toda velocidad bajo el calor asfixiante, ocurrió el primer milagro: una casa de fotografía con revelados en el momento.

Con la fotografía en la mano, en el tamaño más grande que hacían allí, fui al lugar donde estaba el albañil: se había ido, nadie sabía a dónde; aunque di mil vueltas por los alrededores ni un rastro de él. Al día siguiente volví pero tampoco lo encontré. Como soy terca recorrí toda la ciudad y, justo cuando estaba por resignarme, ocurrió el segundo milagro: el encuentro con mi albañil.

Su mirada ya no era la de quien se cansó de esperar un milagro, sino la de quien tiene una alegría más contagiosa que la lepra, la hepatitis, el cólera y el resto de las enfermedades que se llevan tantas vidas en India. Sin intérprete, gracias a su llanto y a sus sonrisas, entendí que me invitaba a su casa para compartir el rato con su familia.

Y así pasó mi última tarde en Jaisalmer: en el piso de una habitación de barro de no más de veinte metros cuadrados, con la fotografía de aquel albañil pegada en la pared, rodeada por estatuas de dioses hindúes y por un pequeño televisor con su gran antena, junto a diez personas que se divertían al contarme historias en hindi que, al igual que cuando yo les contaba a ellos las mías en español, nunca entendí. Pero a veces tampoco es necesario entenderlo todo.

Si vuelvo a la India voy a buscar al albañil. Quizá siga ahí, quizá ya no tenga más la mirada de quien se cansó de esperar, quizá ya le hayan ocurrido cientos de milagros, y quizá su pared de barro esté llena de sus fotografías.

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9 comentarios en “Milagros en Jaisalmer

  1. ¡Qué hermosa experiencia, Marina! Pude verme haciendo exáctamente lo mismo, buscar y buscar hasta encontrar al hombre. ¿Sabes qué hubiera hecho una vez encontrado? Le hubiera tomado fotos recibiendo su foto, y después una foto de él posando con su foto impresa, y de su casa con su familia. Y bueno, tal vez eso implicaría otra segunda vuelta con una segunda tanda de fotografías impresas, je, je.

  2. Que emocion, para decirlo con una palabra, transmitis en tus relatos. Soy un fanático de viajar que siente mucha felicidad cuando se encuentra con ciudadanos del mundo como vos! saludos y excelente el blog

    • Hola Juan!!! Viajar y poder vivir experiencias de este tipo verdaderamente me emociona. Y también siento mucha felicidad cuando se pasan personas por acá con el mismo amor por los viajes.
      Gracias por la visita y por tus palabras!!!

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