El tiempo es oro

Polvillo, pelusas y miles de diminutas partículas iluminadas por los rayos del sol bailaban al ritmo de la suave brisa que entraba por la ventana. Porque no era común un día tan primaveral en pleno invierno, salí de la oficina en dirección a Plaza de Mayo.

Encontré un banco libre y apenas abrí el tupper me rodearon más de veinte palomas que, acostumbradas a la vóragine porteña, ni siquiera se espantaron cuando amagué revolearles un tenedor. Esperé que algún niño las distraiga con maíz, pero como eso no pasó decidí comer después.

Leía un libro con la inquietante sensación de que se acercaba alguien que nunca llegaba. Al levantar la mirada vi, entre los oficinistas apurados, un joven que avanzaba hacia mí en cámara lenta con la cara de payaso mal pintada, los anteojos que bien podrían haber sido los de John Lennon si no fuesen espejados, pantalones floreados y medias a rayas. La imagen era tan contradictoria y surrealista que me hizo reír.

Después de un largo minuto el joven llegó al banco en donde estaba, se sentó junto a mí y sin siquiera saludar me preguntó, con un acento entre colombiano y español, si era feliz. No supe qué responder: los desconocidos no hacen esa clase de preguntas, menos uno disfrazado de payaso en pleno mediodía de un lunes cualquiera en Plaza de Mayo.

Pero un arrebato de sinceridad me llevó a confesar que era feliz de a ratos. Entonces él dijo haber llegado a este planeta, tras cruzar varias constelaciones, para revelarme a mí y a todos el secreto de la felicidad, y sin darme tiempo de mirarlo como debe mirarse a los locos, me susurró: “El tiempo es oro”.

O bien la confusión se notó en mi rostro o él pudo leerme la mente, porque dijo que no me detenga en el pasado y que no proyecte a futuro; que lo único real era el presente, que lo aproveche, que no lo desperdicie por dinero.

Aprobé sus palabras con una sonrisa, sin nada que refutar o que agregar y sin intenciones de extender la charla. Además se me hacía tarde, tenía que volver a trabajar. Mientras me repetía más o menos lo mismo con otras palabras me despedí. 

Para volver a la oficina después de la hora de almuerzo tenía que apurarme. “El tiempo es oro”. Me pregunté por qué me reí en vez de apartar la mirada como hago siempre, por qué él me dijo eso. Me cuestioné si el destino o alguien nos habla a través de las personas y de las cosas. Dudé si estaba un poco loca. Me detuve unos minutos, miré a mí alrededor, sonreí y retomé la marcha a paso lento… Porque sí, el tiempo es oro

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