Coraje, tripa y corazón

Aunque pasaron más de cuatro años conservo algunos recuerdos intactos, tanto que puedo cerrar los ojos y estar allá de vuelta.

Creo que la India genera eso, porque es un país en el que las contradicciones componen un todo que, aunque no armónico, es sorprendente.

Los incesantes y fuertes ruidos de bocinas, de animales y de cientos de personas que gritan en las calles, se contraponen con un clima de paz y espiritualidad incomprensible. Las miradas invasivas de los hombres contrastan con la seguridad que uno siente cuando por fin logra entregarse a lo desconocido y dejarse llevar. La opresión que tiene por blanco a las mujeres se contradice con sus prendas de colores radiantes, sus rostros excesivamente maquillados y sus movimientos elegantes. La exuberancia de los templos y palacios resulta casi inexplicable frente a la pobreza extrema que azota a la mayor parte de la población. Los penetrantes olores que impregnan cada rincón no encuentran razón alguna en tierras desérticas y deshabitadas.

Para un occidental caminar por las calles indias implica ser la mayor parte del tiempo rodeado por personas que se desesperan por venderle cosas, por saber cómo es la vida en sus pagos y por fotografiarlo con celulares que no encajan en un lugar que parece quedado en el tiempo. Significa también compartir el espacio e incluso cederlo a vacas, toros y ratas, al tiempo que se finge comodidad para no ofender creencias profundamente arraigadas.

Hermanas
Hombre que quiso fotografiarse conmigo

Animales sueltos

Es que la religión  trasvasa los límites de la conciencia individual para repercutir en todos los ámbitos sociales.

La influencia del hinduismo es tal que la sociedad resiste los embates del liberalismo, de la globalización, y mantiene su estratificación bajo el sistema de castas, que divide a la población en niveles o clases de las que no podrán salir jamás (no al menos en la presente vida) y que definen el estatus social de cada individuo, con quién se puede casar, qué tipos de trabajo puede realizar e, incluso, qué puede comer y beber.

El alcohol está prohibido para ciertas castas y por eso un turista puede verse impedido de consumirlo si el dueño del lugar donde se hospeda pertenece a una de ellas. Es difícil de creer pero me sucedió, y no tuve más remedio que caminar varias cuadras para tomar una cerveza.

Los indios tampoco aceptan las demostraciones de amor en público, y por eso un beso, un abrazo o caminar de la mano de tu pareja puede resultarle ofensivo.

Pero su simpleza, su calidez, su generosidad, borran las fronteras culturales e invitan a reflexionar sobre cuánto tenemos aún por aprender de ellos. Fue eso lo que sentí aquél día que fui invitada a tomar masala chai, un té típico indio, en una habitación pequeña y precaria donde vivían alrededor de diez personas, en agradecimiento a una fotografía que en ese momento mi novio y compañero de viaje le tomó a un albañil que nunca había sido retratado.

Hombre que nunca había sido fotografiado

India es tan mítica que abundan los encantadores de serpiente, los hombres con bigotes más largos que su propia estatura y los sadhus, personas que deciden prescindir de todo lo material y entregarse por completo a la meditación. Es tan mítica que en un pueblo en medio del desierto, mientras se respira una paz inigualable, se pueden observar aviones de guerra sobrevolando los cielos. Es tan mítica que se celebran rituales sobre el río Ganges a la puesta del sol al tiempo que se purifican y creman cuerpos…

Sadhu

Ritual sobre el río Ganges

India es tan movilizante que al principio quita el sueño y el hambre. Pero cuando se pierde el miedo, el prejuicio; se domina la cabeza y se abre el corazón, es posible sentir a India como lo que es: el sitio más interesante, místico y sorprendente que uno puede conocer.

Como el agua y el aceite

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4 comentarios en “Coraje, tripa y corazón

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